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17/06/2020 Miércoles 11 (Mt 6, 1-6; 16-18)

  • 16 jun 2020
  • 2 Min. de lectura

Guardaos de hacer las obras buenas en público solamente para que los vean.

En otro momento, refiriéndose a escribas y fariseos, dirá Jesús: Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres (Mt 23, 5). Se diría que en aquella sociedad tan religiosa abundaba la falsa devoción de piedad afectada. Abundaban los de mucha fachada y poca interioridad; los de mucho rezar y poco orar. Con semejante religiosidad, lo normal es que uno se busque a sí mismo incluso en cosas tan sagradas como la limosna, la oración o el ayuno. Con semejante religiosidad, lo normal es que ni se entienda ni se acepte la gratuidad.

Por el contrario, en la religiosidad cristiana la gratuidad es la melodía dominante en la maravillosa sinfonía en que estamos inmersos: Cuando tú hagas limosna, no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; de ese modo tu limosna quedará escondida, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará.

En lo escondido. Como diría Juan de la Cruz, de mi alma en el más profundo centro. Allí donde solamente Dios llega. Allí donde suceden cosas sublimes: En la interior bodega – de mi Amado bebí, y cuando salía – por toda aquesta vega, - ya cosa no sabía; - y el ganado perdí que antes seguía (Juan de la Cruz).

La vida oculta de Jesús en Nazaret es una buena imagen de este escondido profundo centro. La actitud farisea de mucha atención a la fachada provoca náuseas en Jesús; no comulga con lo glamoroso o fastuoso. Por eso quiere que quienes nos decimos cristianos vivamos, en primer lugar, hacia dentro; como su madre. Luego, ya empapados de interioridad, viviremos correctamente hacia fuera, no centrados en nosotros mismos sino en los demás.

 
 
 

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