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17/08/2025 Domingo 20 (Lc 12, 49-53)

  • 16 ago 2025
  • 2 Min. de lectura

Jesús, el manso y humilde de corazón, nos sorprende con estas palabras. Él es nuestra paz (Ef 2, 14). Paz es el mensaje de los ángeles de Belén. Ahora resulta que Jesús nos dice que ha venido a traer la espada. Normal que sus palabras nos desconcierten. Aunque el desconcierto desaparece al contemplar la vida de Jesús. Lo dijo Simeón: Éste está colocado de modo que todos en Israel o caigan o se levanten; será una bandera discutida (Lc 2, 34).

¿Pensáis que vine a traer paz a la tierra? No paz, os digo, sino división. ¿Qué quiere decirnos Jesús? Quiere decirnos que rechaza la paz de los cementerios: una vida rutinaria, monótona, mediocre. Rechaza el hacer de la vida cristiana algo empalagosamente acaramelado bañado de una piedad carente de fuego y vitalidad. Rechaza una vida cristiana con más sabor a tradición que a Evangelio.

El Evangelio, con la fuerza del fuego, nos invita a vivir una vida de entrega y de audacia. La familiaridad con el Evangelio, que nos hace serenamente conscientes de nuestras flaquezas, nos hace, sobre todo, gozosamente conscientes de un amor tan inmenso de Dios que nada ni nadie puede alejarnos de Él. Nada impedirá a Dios llevar a cabo su plan de salvación en mí y en la humanidad entera: Todo fue creado por Él y para Él (Col 1, 16).

El Evangelio es como un fuego, porque es un mensaje que cuando irrumpe en la historia, quema los viejos equilibrios de la vida, nos desafía a salir del individualismo, nos desafía a superar el egoísmo. No concede una falsa paz intimista, sino que enciende una inquietud que nos pone en camino, nos impulsa a abrirnos a Dios y a los hermanos (Papa Francisco).

 
 
 

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