17/10/2026 San Ignacio de Antioquía (Lc 12, 8-12)
Al que diga una palabra contra el Hijo del Hombre se le perdonará; al que blasfeme con el Espíritu Santo no se le perdonará.
Es una frase fuerte, difícil de entender a la luz de las parábolas de la misericordia. Dios, que es como el pastor que sale en busca de la oveja perdida y nunca se da por vencido; Dios, que es como la mujer que barre la casa sin descanso hasta encontrar la moneda perdida; Dios, que es como el padre que no se cansa de esperar hasta ver volver al hijo perdido. ¿Cómo entender que el pecado contra el Espíritu Santo no tiene perdón?
¿Quizá la solución la encontramos contemplando al hermano mayor del pródigo? El muchacho, mientras se obstine en cerrarse tanto a su padre como a su hermano, no entrará en la casa ni disfrutará del banquete. Claro que no permanecerá a la intemperie toda la noche; al final, aunque a regañadientes, acabará entrando en la casa y dando la mano a su hermano.
¿O quizá tendremos que contentarnos con lo que dice santa Teresa que hay que hacer cuando no entendemos algo: Hemos de dejar en todas estas cosas de buscar razones para ver cómo fue. Pues no llega nuestro entendimiento a entenderlo, ¿para qué nos queremos desvanecer? Quizá.
No os preocupéis de cómo os defenderéis o qué diréis; el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que hay que decir.
La fe empuja a, pasando por la puerta de la humildad, entrar en la órbita de la sabiduría. Ahí es donde vivimos en la convicción de que el Espíritu nos acompaña y habla y actúa en nosotros. Ahí es donde recurrimos también a terceras personas que ayudan a discernir el camino.
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