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18/01/2023 Miércoles 2 (Mc 3, 1-6)

  • 17 ene 2023
  • 2 Min. de lectura

Entró de nuevo en la sinagoga y había allí un hombre que tenía la mano paralizada.

A nadie se le ocurre que aquella mano paralizada pueda revitalizarse. ¿Y si leemos el relato en clave parabólica? Son muchas las atrofias del espíritu que nos impiden extender la mano para ser solidarios con los prójimos. ¿Será posible que una religiosidad disecada por la rutina o el inmovilismo pueda volver a vibrar con la luz y el calor de la fe y del amor?

A Jesús se le ocurre que sí, que aquella mano puede recobrar vitalidad. Al entrar en la sinagoga y ver a aquel hombre le sitúa en el centro de la asamblea: Levántate y ponte ahí en medio. En la celebración del culto cristiano el sufrimiento humano ocupa el centro. Los profesionales del culto no piensan así: Lo estaban observando para ver si lo curaba en sábado y acusarlo.

Extiende la mano. La extendió y su mano quedó restablecida. Así de sencillo. Pero a Jesús no se le ocurrirá revitalizar la momificada religiosidad farisea. ¿Tan difícil será?

El virus fariseo acecha a todos. Es un virus que consiste fundamentalmente en ver lo religioso como un movimiento del hombre hacia Dios. Jesús, por el contrario, ve lo religioso como un movimiento de Dios hacia el hombre. Por eso lo de Jesús se llama Evangelio, Buena Noticia. La religión centrada en esfuerzos humanos y méritos, conduce necesariamente a frustraciones y desequilibrios del espíritu: a tantas manos atrofiadas.

Razón tiene quien dijo que los mayores enemigos de lo mejor no son los malos, sino los buenos. Quien más difícil lo tiene para experimentar el abrazo del Padre no es el hijo sinvergüenza, sino el hijo cumplidor.

 
 
 

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