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18/01/2026 Domingo 2º (Jn 1, 29-34)

  • 17 ene
  • 2 Min. de lectura

He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Esta frase del Bautista la repetimos hasta tres veces en la misa: Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo. ¿Cuánto sentido tienen para nosotros? Deberían tenerlo; y mucho. Porque proclaman lo que debe llenarnos de seguridad y paz. Tratemos de entender qué significa lo de Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

El Bautista ve a Jesús y le llama Cordero de Dios. ¿Por qué? Porque está evocando a Isaías: Como cordero llevado al matadero…; mi siervo inocente rehabilitará a todos porque cargó con sus crímenes (Is 53). Sin embargo, Jesús prefiere presentarse a sí mismo como pastor, mejor que cordero: Yo soy el buen pastor que da la vida por sus ovejas (Jn 10, 11). San Pablo concluirá que Jesús quita, elimina todo el mal del mundo: Canceló el documento de nuestra deuda, y lo quitó de en medio clavándolo consigo en la cruz. Y una vez despojados los principados y las potestades, los exhibió públicamente en su cortejo triunfal (Col 2, 14-15).

Cordero y pastor. Las dos imágenes se funden en una. Solo puede dar vida quien la da. Él ha venido para que la tengamos en abundancia (Jn 10, 10).

El Evangelio concluye con estas palabras del Bautista: Yo lo he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios. ¿Qué es lo que vio para llegar a semejante conclusión? Porque otros muchos vieron lo mismo que vio él, pero no llegaron a esa conclusión. Es la fe: el regalo que el Espíritu otorga a quien quiere: El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va (Jn 3, 8).

 

Ser creyente es mucho más que asumir una doctrina y unas normas de vida. La fe auténtica va siempre acompañada del testimonio; es decir, de la irradiación de los frutos de la fe: la paz y la seguridad. Vivimos en una sociedad sin rumbo. Nosotros creyentes, como el Bautista, tenemos la misión de testimoniar nuestra fe irradiando vida en abundancia.

 
 
 

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