18/04/2020 Sábado de la Octava de Pascua (Mc 16, 9-15)
- 17 abr 2020
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Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado.
Incredulidad y dureza de corazón. Primero, María Magdalena; corre a contar a los discípulos que ha visto a Jesús y no le creen. Después, los de Emaús; tampoco a ellos les creen. Si algo destaca el Evangelista Marcos en su sucinto relato de las apariciones del Resucitado es la incredulidad y dureza de corazón de los discípulos.
Incredulidad y dureza de corazón. También hoy prosperan. ¿Qué otras palabras pueden ayudarnos a captar mejor esa actitud tan frecuente y tan poco querida por Jesús? ¿Cerrazón? ¿Ceguera? ¿Torpeza? Son muchos los incrédulos de misa diaria; cristianos convencidos de lo correcto de sus vidas, pero que no han asimilado la Resurrección. Viven según categorías mentales y religiosas perfectamente cuadriculadas, incapaces de abrirse a la incesante novedad de Dios. Recordemos que aquellos discípulos, incluso después de haber visto al Resucitado, continuaban con las puertas bien cerradas por miedo a los judíos (Jn 20, 26).
Al comenzar un nuevo día abrimos las ventanas para orear la atmósfera que respiramos. Que la contemplación de la escena del Evangelio de hoy nos lleve cada mañana a habituarnos a abrir las ventanas del espíritu pidiendo: danos hoy nuestra libertad de este día. El Señor nos liberará de lo que nos mantiene cerrados: miedos, ideologías, pasados, rutinas… Que nos fiemos de Él como Él se fía de nosotros. Porque, a pesar de la incredulidad y dureza de corazón, Él se fía de nosotros: Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación.
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