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18/11/2021 Jueves 33 (Lc 19, 41-44)

  • 17 nov 2021
  • 2 Min. de lectura

Al acercarse y divisar la ciudad, dijo llorando por ella: Si también tú reconocieras hoy lo que conduce a la paz. Pero eso ahora está oculto a tus ojos.

Contemplamos a Jesús. Contemplamos a Jesús como contemplamos un maravilloso amanecer. Sin hacernos preguntas; sencillamente disfrutamos de la inefabilidad, de la belleza del misterio de su persona. Creemos en el gran misterio de la persona de Jesús, Dios y hombre. Hombre verdadero y Dios verdadero. En Él, las menos veces, la humanidad parece eclipsada por la divinidad. Pero lo más corriente es que, como en la escena de hoy, la divinidad quede eclipsada por la humanidad.

Jesús llora por Jerusalén. Le encantaría que su querida ciudad reconociese a quien le trae la paz: Si conocieras el don de Dios (Jn 4, 10). Pero está en los planes de Dios que su pueblo del alma rechace al enviado de Dios: Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae (Jn 6, 44). Su ciudad y su pueblo viven instalados en la complacencia; no necesitan nada. El rechazo por parte del estrato más piadoso de su pueblo es el destino de Jesús. Por tanto, lo es también para quienes hemos sido atraídos hacia Él por el Padre.

La cerrazón de Jerusalén hace llorar a Jesús; la cerrazón del pueblo elegido. Estaban demasiado ocupados, demasiado satisfechos consigo mismos (Papa Francisco).

Jesús llora por Jerusalén. No hay nada verdaderamente humano que no encuentre eco en Él. La auténtica vivencia religiosa del seguidor de Jesús es una vivencia siempre pendiente de lo que sucede en su entorno. Lo sabe bien la madre de Jesús: No tienen vino (Jn 2, 3).

 
 
 

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