19/03/2023 Domingo 4º de Cuaresma (Jn 9, 1-41)
- 18 mar 2023
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Maestro, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?
Jesús no comparte la idea de que los males que sufrimos son un castigo por los pecados cometidos por uno mismo o por otros: ni él pecó ni sus padres; ha sucedido para que se revele en él la acción de Dios. Lo que realmente importa es el para qué, el futuro; el por qué, el pasado, tiene menor importancia. Al fin y al cabo, como dice san Pablo, Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos de misericordia (Rm 11, 32).
Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo.
El relato de la Samaritana del domingo pasado nos decía que Jesús es el agua que sacia toda sed; el relato del ciego de nacimiento de hoy nos dice que Jesús es la luz que lo ilumina todo. La iluminación del ciego tiene lugar de manera progresiva. De forma progresiva también, va siendo rechazado por aquellos que antes le arropaban: sus parientes y correligionarios.
Todos nosotros somos aquel ciego. Todos albergamos en lo interior espacios oscuros que necesitan ser iluminados. A todos nos falta camino por recorrer hasta llegar a ver toda realidad, comenzando por nosotros mismos y los demás, con la luz y la mirada del Señor.
Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís: Vemos, vuestro pecado permanece.
Quien antes no veía, ahora ve; y quienes creían ver, no ven nada. El relato nos habla, sí, de la ceguera; pero nos habla, sobre todo, de la luz. Todo gira en torno a la Luz: Yo soy la Luz del mundo. Se trata de ese hombre que se llama Jesús, el hombre de carne y hueso de Nazaret, Palabra por la que todo se hizo y sin ella no se hizo nada. En ella había vida, y la vida era la luz de los hombres (Jn 1, 3).
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