19/04/2020 Domingo 2º de Pascua (Jn 20, 19-31)
- 18 abr 2020
- 2 Min. de lectura
La paz a vosotros. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.
¡Y tanto que se alegran! Pero la resurrección de Jesús es algo tan increíble que no son capaces de asimilarlo; continuarán con sus puertas cerradas. Puertas cerradas, miedo, que impiden mirar al mundo como lo mira Dios. ¿Quizá en el trascurso de los días siguientes llegarán a preguntarse si no habrá sido todo una alucinación colectiva? Un psicólogo les daría la razón. ¡A quién se le ocurre semejante desatino! En verdad, lo normal es no creer; lo extraordinario y milagroso es el creer.
Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.
Tomás encarna perfectamente el mayor pecado humano: la soberbia. Pecado que, en su dimensión más profunda, consiste en pretender ser protagonista de la propia santificación y salvación, en lugar de recibirla humilde y gozosamente como regalo gratuito. Pecado que consiste también en pretender ponerse a uno mismo como referente de todo, sin confiar ni en Dios ni en prójimos. Jesús lo va a arreglar; Tomás va a recibir, en público, la lección clave de su vida.
Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.
Jesús, toda su persona, se acerca a Tomás; a Tomás le pide que acerque su mano. Jesús se enfrenta, cara a cara, con la necedad del orgullo humano hasta acceder a la insolencia del discípulo. Si su amor ha llegado hasta el extremo más desmedido de la cruz, poco le cuesta ahora condescender ante el orgullo del discípulo. Todo con tal de reconquistarlo. Y así es cómo de los labios de Tomás brota la confesión más sublime de todo el Evangelio: Señor mío y Dios mío. Junto con la confesión de Juan: Es el Señor, la de Tomás es la mejor expresión de la fe más cabal.
Comentarios