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19/04/2024 Viernes 3º de Pascua (Jn 6, 52-59)

  • 18 abr. 2024
  • 2 Min. de lectura

Os aseguro que si no coméis la carne y bebéis la sangre del Hijo del Hombre, no tenéis vida en vosotros.

Jesús, la Palabra de Dios hecha carne en el seno de María, es nuestro alimento en la mesa de la Escritura y en la mesa de la Eucaristía; ambas son esenciales para una vida cristiana vigorosa. Quien descuida una de ellas padece anemia espiritual y su adhesión a Jesús será más espejismo que realidad.

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna.

Quienes entonces escuchaban a Jesús no le entendieron porque interpretaban sus palabras de forma literal. Hoy sucede más de lo mismo cuando las palabras de Jesús son aplicadas exclusivamente a la mesa de la Eucaristía; se llega a pensar que comer su carne es sinónimo de recibir la sagrada forma. Y aparece un estilo espurio de cristianismo, viviendo lo cristiano en clave de intimismo angelical ajeno al entorno.

Quien mejor entendió a Jesús, quien mejor comió su carne y bebió su sangre, fue su madre. Ambos, Madre e Hijo, fueron una carne y una sangre. Aunque, claro está, ella no comprendía. Como Pablo, se asombraba ante el abismo de riqueza, de sabiduría y de ciencia de Dios: ¡Qué insondables sus designios, qué incomprensibles sus caminos! (Rm 11, 33).

El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en Él.

Aprendamos a comer. Paladeando, saboreando, rumiando… Como ella, la que guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón (Lc 1, 19). Así asimilamos la Palabra; así nos identificamos con Él; así permanecemos en Él y Él en nosotros y damos mucho fruto: porque separados de mí no podéis hacer nada (Jn 15, 5).

 
 
 

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