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19/09/2021 Domingo 25 (Mc 9, 30-37)

  • 18 sept 2021
  • 2 Min. de lectura

El Hijo del Hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará.

Caminan solos por los caminos de Galilea. Jesús no quiere distracciones; lo que va a decirles es de la mayor importancia. Se trata del camino que debe recorrer Él, y también todos sus seguidores. No es ésta la primera vez que les habla en privado de su muerte y resurrección; tampoco será la última. Pero, a pesar de todas las precauciones, ellos no entendían lo que les decía y temían preguntarle.

Es que todos podemos estar tan ocupados con lo nuestro, que lo de los demás nos resbala. Los sueños de grandeza que dominan a aquellos discípulos les hacen impermeables a las palabras de Jesús. Piensan que Jesús les va a aportar poder y dignidad. En cuanto Jesús deja de hablar y se alejan de Él unos metros, se ponen a discutir sobre quién de ellos es el más importante. Un comportamiento tan ridículo de los discípulos no deja de ser consolador para nosotros, porque todos participamos de parecidos sueños de prestigio y honor. ¿Tendremos que renunciar a las posiciones de privilegio adquiridas con tanto esfuerzo a nivel personal o eclesial? No es sencillo. Aunque todos tenemos claro que una vida de amor y de entrega, como la de una madre, vale la pena, no nos atrevemos a dar el paso.

Más consolador aún es el comportamiento de Jesús hacia ellos. Reacciona con tanta paciencia y con tanto cariño. Tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Un niño maestro de vida. Se nos pide que, como el niño, no pretendamos sobresalir. Los seguidores de Jesús debemos perder miedo a la insignificancia. Debemos amar nuestra insignificancia. Debemos aprender, como el niño, a abrir los ojos a la belleza, a la bondad, a la vida; a ser felices con pocas cosas.

 
 
 

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