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19/10/2025 Domingo 29 (Lc 18, 1-8)

  • 18 oct 2025
  • 2 Min. de lectura

Para inculcarles que hace falta orar siempre sin cansarse, les contó una parábola.

La primera lectura nos mostraba a Moisés orando por su pueblo. Mientras tenía los brazos alzados, su pueblo dominaba la batalla; pero cuando se cansaba y bajaba los brazos, el adversario dominaba.

Había en una ciudad un juez que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en la misma ciudad una viuda que acudía a Él para decirle: Hazme justicia contra mi adversario.

Con esta parábola del juez infame y de la pobre viuda Jesús nos invita a no cansarnos; a ser perseverantes en la oración. Podríamos preguntarnos si hay que informar a Dios de lo que necesitamos. ¿No dice un salmo que no ha llegado la palabra a mi boca y ya, Señor, te la sabes toda? (Salmo 139, 4). Pero es que también es cierto que no oramos para activar la memoria de Dios, sino la nuestra propia. Dios quiere, como dice san Agustín, que, con la oración, se acreciente en nosotros la capacidad de desearle. Con esta parábola Jesús nos ofrece el remedio para calentar una fe tibia. La oración es el mejor estimulante de la fe.

Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues, Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?

 

Es difícil determinar quién es el verdadero protagonista de la parábola, si la viuda o el juez. Lo que está claro es que la parábola apunta a la certeza absoluta de que quien pide, es escuchado.

Pero, ¿cómo permite Dios que la injusticia triunfe? La parábola responde diciendo que hay que continuar orando, porque Dios intervendrá: Os digo que les hará justicia pronto.

 

De todos modos, lo que preocupa a Jesús no es si justicia sí o si justicia no, sino si fe sí o fe no: Cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará fe sobre la tierra? Dicho de otra manera: No os preocupéis tanto del silencio de Dios; preocupaos de vuestra fe. Para nosotros creyentes la fe-confianza lo es todo.

 
 
 

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