19/10/2026 Lunes 29 (Lc 12, 13-21)
Les dijo una parábola: Las tierras de un hombre dieron una gran cosecha.
Es la parábola de un empresario inteligente y exitoso en los negocios, pero necio y desatinado en la vida. La antigua sabiduría lo decía así: El hombre opulento no entiende; a las bestias mudas se parece (Salmo 49, 21). La ambición y la codicia son algo adictivo. Quien mucho tiene, nunca queda satisfecho. Todos queremos más. Y lo queremos solo para nosotros mismos. Así es cómo se instaura la injusticia y se rompe la paz; porque muchos tienen poco y pocos tienen mucho.
Esta parábola del rico insensato describe bien el sueño de muchos humanos. Nunca como hoy la sociedad ha sido una máquina tan eficiente para fabricar sueños destinados a los insensatos; la publicidad y los medios de comunicación se encargan de ello. Pocos son lo suficientemente sensatos para no dejarse condicionar por reclamos y espejismos.
El delito del rico insensato no consiste en tener mucho; su delito consiste en prescindir de Dios y de los demás. Piensa que puede disfrutar de una buena vida viviendo exclusivamente para sí mismo. Y las apariencias exteriores parece que le dan la razón. Pero otra cosa muy distinta son sus vivencias interiores.
Así le pasa al que acumula tesoros para sí y no es rico a los ojos de Dios.
El Señor nos llama a salir de nosotros mismos para vivir orientados hacia los demás. Evitemos la insensatez del protagonista de la parábola, planificando bien nuestra vida; especialmente quienes ya nos hemos jubilado. Que Dios y los prójimos ocupen el lugar que les corresponde. Planifiquemos con detalle los cómos, los cuándos, los dóndes… Que los últimos años de nuestra vida no estén marcados por la insensatez y los raquíticos horizontes del egoísmo.
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