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19/12/2021 Domingo 4º de Adviento (Lc 1, 39-45)

  • 18 dic 2021
  • 2 Min. de lectura

Entonces María se levantó y se dirigió apresuradamente a la serranía, a un pueblo de Judea.

El ángel Gabriel, cumplida su misión, se ha ido. María queda sola; sola con el desconcertante misterio de sus entrañas. La situación es delicada. Pero ella no se detiene a recapacitar. Se levanta de inmediato y acude deprisa a la serranía. Presiente que, olvidándose de sí y ayudando a Isabel, lo suyo se clarificará. Presiente también que Isabel, desde su experiencia personal, la comprenderá mejor que ninguna otra persona. Contemplemos a María caminando deprisa, un tanto nerviosa. Contemplémosla especialmente en nuestros momentos de mayor desconcierto. La sentiremos muy cercana.

Cuando la oración no es ensimismamiento, cuando la oración es inmersión en la Palabra de Dios, la oración mueve a salir; salir deprisa de uno mismo para ponerse a disposición de quien me necesite.

Cuando Isabel oyó el saludo de María, la criatura dio un salto en su vientre.

El encuentro de las dos madres irradia alegría en ellas y en los hijos de sus entrañas. La misma alegría que, nueve meses más tarde, será proclamada por el ángel de Belén a los pastores: Os anuncio una gran alegría que lo será para todo el pueblo.

¡Dichosa tú que creíste!

María, como Abrahán, creyó contra toda esperanza. Nunca dejó de creer ya que nunca vio las cosas grandiosas que el ángel había anunciado. Isabel, con la concepción de su hijo, ha saboreado con antelación la fantástica y nueva realidad del Reino; así es cómo entiende que lo esencial de la nueva realidad del Reino es la fe.

La visita de María a Isabel nos prepara para vivir bien la Navidad, comunicándonos el dinamismo de la fe y la caridad. Este dinamismo es obra del Espíritu Santo. Es un dinamismo lleno de alegría. El encuentro de las dos mujeres es un himno de júbilo alegre en el Señor que hace grandes cosas con los pequeños que se fían de Él (Papa Francisco).

 
 
 

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