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20/02/2026 Viernes después de Ceniza (Mt 9, 14-15)

  • 19 feb
  • 2 Min. de lectura

¿Pueden acaso los invitados a la boda hacer duelo mientras el novio está con ellos?

Suponemos que, con la mejor de las intenciones y llenos de celo religioso, los discípulos del Bautista se han acercado a Jesús para quejarse de que sus discípulos no cumplen con los ayunos establecidos. Tras la respuesta de Jesús, se van más molestos que cuando llegaron.

En la lectura del profeta Isaías, Dios nos dice cuál es el ayuno que le agrada: El ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas…, compartir tu pan con el hambriento…, no despreocuparte de tu hermano (Is 58, 6-7). El pan del que me privo es el mejor de los ayunos cuando lo comparto.

 

En el Evangelio, Jesús nos dice que la primera tarea del discípulo es vivir la presencia del Novio. Para el cristiano, la calidad del ayuno depende de su grado de conexión con Jesús. El ayuno pierde sentido cristiano cuando motivado por razones de salud, de estética, de ley.

Llegará un día en que les arrebaten el novio y entonces ayunarán.

Ahora se trata del ayuno que nos viene dado de lo alto, cuando el Señor se encarga de ir cortando los hilos que nos mantienen amarrados a cosas y personas. Es el ayuno más penoso. Jesús lo vivió en Getsemaní, cuando comenzó a sentir pavor y angustia (Mc 14, 33). Nosotros lo sufrimos cuando, como dice Juan de la Cruz, todo se nos vuelve al revés. Entonces sí que necesitamos vivir conectados a Jesús en fe pura y desnuda.

 

El ayuno, dice el Papa Francisco, será una gimnasia espiritual para renunciar con alegría a lo que es superfluo y nos sobrecarga, para ser interiormente más libres y volver a lo que realmente somos.

 
 
 

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