20/03/2026 Viernes 4º de Cuaresma (Jn 7, 1-2; 10; 25-30)
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Algunos de Jerusalén comentaban: ¿No es éste el que intentaban matar? Resulta que habla públicamente y no le dicen nada.
El ambiente religioso en que se movía Jesús era parecido al nuestro. La postura más frecuente ante su persona era la indiferencia. Incluso entre personas de apariencia muy religiosa, era corriente vivir el día a día como si Dios no existiera. Jesús, dentro del recinto del templo, dirá a quienes le escuchan: A mí me conocéis y sabéis de dónde vengo. Yo no vengo por mi cuenta, sino que me envió el que es veraz. Vosotros no le conocéis.
Vosotros no le conocéis. Y nosotros, cristianos piadosos, ¿le conocemos? Porque al conocimiento de Dios, del Dios que es Jesús, no se llega por estudios de teología o ejercicios de piedad. El camino del verdadero conocimiento de Jesús comienza cuando me familiarizo con la Palabra de Dios. Si desconozco las Escrituras, desconozco a Jesús. Las Escrituras, la Palabra de Dios, contiene la vida y es medio de acceso a la vida en Dios: Cuando leemos las Escrituras escuchamos a Cristo (San Ambrosio).
Un teólogo del siglo XII dice: Cuando abrimos las páginas de las Escrituras nos encontramos frente a un solo libro, y ese único libro es Cristo, y toda Escritura se ha cumplido en Cristo (Hugo de san Víctor).
Esto dice Dios, Espíritu Santo, sobre las Escrituras: Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé semilla al sembrador y pan para comer, así será mi Palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo (Is 55, 10-11).
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