20/04/2020 Lunes 2º de Pascua (Jn 3, 1-8)
- 19 abr 2020
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Dos observaciones. La primera, sobre Reino de Dios, expresión que aparece mucho en los sinópticos. Juan, excepto hoy, prefiere hablar de VIDA. La segunda, sobre la palabra viento. En griego y en hebreo la misma palabra designa al viento y al Espíritu.
Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, magistrado judío. Fue a visitar a Jesús de noche.
Nicodemo nos recuerda al joven rico. Los dos parecen tenerlo todo. ¿Qué más quieren? Ninguno de los dos es capaz de responder a la pregunta. Pero hay algo en ellos que les dice que sí; que se puede vivir mejor, mucho mejor. Ese algo es el viento (Espíritu) que sopla donde quiere.
En Nicodemo vemos el deseo inexplicable de abrirse a Jesús, a pesar de tradiciones y convicciones que obstaculizan la apertura. Jesús nos pide conversión a todos, por buenos que seamos. Tenemos que nacer de nuevo; un día sí y otro también. Es una conversión, como dice el Papa Francisco, que conlleva más un dejarse hacer, una pasividad receptiva y agradecida, que un activismo voluntarista.
¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo?
Los años nos llevan a instalarnos. ¿Nacer de nuevo? No nos metamos en líos. Nuestra vida ha sido y sigue siendo pasablemente buena. Es suficiente. ¿Para qué más? Y así nos volvemos más escépticos y menos apasionados. Y así cerramos ventanas, para no correr riesgos de resfriados cuando sopla el viento. Pero si queremos que el Espíritu sople y se lleve por delante el polvo acumulado en nuestra casa hay que abrir ventanas. Abrimos las ventanas al viento, al Espíritu, abriendo la Palabra de Dios. Probablemente, Él no nos pedirá cambios de vida; nos pedirá que vivamos la misma vida de otra manera.
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