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20/11/2020 Viernes 33 (Lc 19, 45-48)

  • 19 nov 2020
  • 2 min de lectura

Entró en el templo y comenzó a echar fuera a los que vendían.

Sorprende ver un Jesús tan violento; sorprende tanto que ninguno de los Evangelistas pasa por alto este episodio. Claro que Lucas, cosa habitual en Él, lima aristas. Su relato es, con diferencia, el más breve de los cuatro. No se le ocurre, por ejemplo, mencionar el látigo que usó (Jn 2, 15). Lo hubo; porque, de no haberlo, a nadie se le habría ocurrido inventárselo. Y la verdad es que el látigo es un elemento importante del relato, si lo interpretamos en sentido figurado. El látigo con el que Jesús purifica nuestra existencia es su misericordia.

Jesús aborrece usar de la religión en beneficio propio; sobre todo si se trata de beneficio material. Prefiere que olvidemos cualquier tipo de beneficio propio: El que quiera seguirme, que se olvide de sí mismo (Lc 9, 23).

Está escrito: Mi Casa será Casa de oración.

De oración. De estar a solas con quien sabemos nos ama (Sta. Teresa). Que es lo mismo que decir que le ponemos a Él en el centro de nuestra vida, despreocupados de nosotros mismos. Como María de Nazaret o María de Betania, alabándole, mirándole, escuchándole, queriéndole. Es una oración basada en la confianza y en el amor gratuito. Sin dejarnos enredar por ninguna de nuestras tantas miserias.

Jesús, con este gesto profético de la purificación del templo, se posiciona en contra de un sistema que, aunque se erige en nombre de Dios, está en su contra, pues oprime a los pobres y los débiles y mercadea con lo más sagrado. A Dios se le rinde culto en el sacramento de la projimidad y la práctica de la misericordia y la justicia (Papa Francisco).

 
 
 

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