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20/11/2025 Jueves 23 (Lc 19, 41-44)

  • 19 nov 2025
  • 2 Min. de lectura

Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella diciendo: ¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz!

La multitud continúa acompañando a Jesús, ahora a la vista de las murallas de Jerusalén, la ciudad con nombre de paz que no reconoce al portador de paz. La tristeza y el dolor le embargan. La paz que Él trae es la paz mesiánica tan primorosamente anunciada por los profetas: Serán vecinos el lobo y el cordero, hurgará el niño de pecho en la hura de la víbora, no harán daño ni estrago por todo mi Monte Santo, porque se llenará el país de conocimiento del Señor como colman las aguas el mar (Is 11).

Jesús llora por su querida ciudad, porque se pone a sí misma en lo alto de un pedestal ficticio, tan engreída ella, tan poco receptiva. También ella, como Lázaro, tendrá que entrar en la oscuridad de la tumba antes de ser regenerada. Jesús llora al ver lo que su ciudad va a tener que sufrir.

Contemplando a Jesús llorando, imaginamos al padre del pródigo llorando también durante los días de espera; aunque sabe que, al final, su hijo volverá. Es que Dios, sin violentar la libertad humana, es capaz de hace que sus hijos acaben acogiéndose al abrazo de paz.

Los cristianos hemos visto en Jerusalén una imagen de la persona humana.  Una ciudad es algo complejo; como el ser humano. En la ciudad, todo funciona cuando dirigida por un equipo dedicado y competente. En la persona humana todo funciona cuando Dios ocupa el centro. Jesús quiere que así sea para que todos gocemos de vida en abundancia (Jn 10, 10). Para que todos los enemigos empeñados en destruir nuestra paz sean aniquilados; esos enemigos que todos llevamos dentro.

 
 
 

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