21/02/2025 Viernes 6º (Mc 8, 34 - 9, 1)
- Angel Santesteban
- 20 feb
- 2 Min. de lectura
Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y me siga.
Quien quiera seguirme. Hay dos maneras de ser cristiano. Una, la de quienes siguen leyes y normas. Son personas responsables y correctas, empeñadas en llegar a la santidad y la salvación a base de méritos y esfuerzos. Suelen ser personas de rostros serios y actitudes severas con los demás. La otra manera es la de quienes siguen a Jesús poniendo, como dice Juan de la Cruz, los ojos solo en Él. Quizá, moralmente hablando, no son mejores que los primeros, pero disfrutan de la experiencia de salvación, porque la belleza del cristianismo no está en que cumplamos un código de conducta, sino en que nos fiemos y sigamos a Jesús de Nazaret. No nos propone metas; solamente nos pide que le sigamos fiándonos plenamente de Él. Nunca instalados; el seguimiento exige movimiento.
Niéguese a sí mismo. Pasadas las primeras etapas del seguimiento, etapas de acento ascético, el verdadero discípulo aprende a olvidarse de sí mismo. Pablo de Tarso lo dice así: Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí (Gal 2, 20). Y Teresa de Ávila: ¡Quién tuviera palabras para dar a entender qué dais, Señor, a los que se fían de Vos, y qué pierden los que se quedan consigo mismos! Y Teresa de Lisieux: Lo único que hay que hacer es amarle sin mirarse uno a sí mismo y sin examinar demasiado los propios defectos.
Cargue con su cruz. No hay amor verdadero sin cruz. Lo dicen muchas madres y muchos padres que se sacrifican tanto por sus hijos y soportan verdaderos sacrificios y cruces porque aman (Papa Francisco).
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