21/02/2026 Sábado después de Ceniza (Lc 5, 27-32)
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Después de esto, salió y vio a un publicano llamado Leví, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: Sígueme.
Después de esto. El asombro se ha apoderado de quienes siguen a Jesús al presenciar la curación del paralítico; decían: Hoy hemos visto cosas increíbles. Otro asombro les espera ahora. Jesús, invitando a un publicano a unirse al grupo de sus discípulos, rompe los esquemas culturales y religiosos de su gente.
Porque Leví pertenece al gremio de los publicanos, judíos que se han vendido al poder colonial. Es el gremio, junto con el de las prostitutas, más despreciado por un buen judío. Pero Jesús mira a Leví de forma distinta a como lo hacen otros. Y cuando Leví oye la invitación de Jesús, se apresura a cambiar la mesa del dinero por la mesa del banquete. El Dios de Jesús, el Dios que es Jesús, no es Dios de los buenos. No discrimina, no excluye. Quien dice haber venido a buscar lo que estaba perdido y salvarlo (Lc 19, 10), se encuentra más cómodo a la mesa de los perdidos que a la mesa de los juiciosos. No hace sino poner en práctica lo que enseña en sus parábolas: la oveja perdida, la moneda perdida, el hijo perdido.
Los fariseos y sus escribas refunfuñaban diciendo a los discípulos: ¿Cómo es que coméis y bebéis con los publicanos y pecadores?
La gente respetable se escandaliza viendo a Jesús sentado a la mesa con personas poco recomendables. Sucede con frecuencia en las páginas del Evangelio. Sucede también hoy, porque compartimos la actitud farisea cuando miramos a otros con aires de superioridad creyéndonos mejores.
Pedimos al Señor que nos dé su mirada de misericordia para mirar a los demás como Él nos mira a todos.
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