21/06/2026 Domingo 12 (Mt 10, 26-33)
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No tengáis miedo.
Después de elegir a los doce apóstoles, les da instrucciones. Les ha dicho, por ejemplo, que les envía como ovejas en medio de lobos (v 16). Ahora les dice, y lo repite hasta tres veces, que no tengan miedo. Y lo que dice a los Doce, lo dice a todo creyente, a todos nosotros.
Excepto cuando somos muy niños, todos conocemos el miedo. Hay un miedo bueno y un miedo malo. El bueno es el que nos pone alerta ante el peligro. El malo es el que condiciona de forma negativa la vida. ¿Qué miedos malos me inquietan? ¿Temo lo que los demás puedan pensar o decir? ¿Temo la enfermedad o la muerte?
El antídoto del miedo malo es la fe. La fe verdadera es confianza plena, y es un seguro de calidad de vida. Quien cree y confía, como el niño confía en papá y mamá, disfruta de la vida y goza la gloriosa libertad de los hijos de Dios. San Pablo, tras mencionar cosas que pueden infundir miedo, como la tribulación, la angustia, el hambre o el peligro, dice: En todas estas circunstancias vencemos de sobra gracias al que nos amó (Rm 8, 37).
La fe verdadera es confianza plena y nos otorga la mejor de las autoestimas. Mucho mejor y mucho más sólida que la obtenida con ejercicios psicológicos.
No tengáis miedo. Jesús, para hacer más comprensible su ruego, recurre a los gorriones y a los cabellos de la cabeza. Nos dice que ni uno solo cabello cae al suelo sin que lo disponga el Padre del cielo. Nos dice también que valemos más que muchos gorriones. Jesús, consciente de las dificultades de la vida, quiere que la fe sea el apoyo principal ante todo tipo de amenazas, de sufrimientos o de contrariedades.
Por otra parte, la fe no es un anestésico. Ser cristiano, tiene su dimensión conflictiva. Pero eso no nos asusta. Lo afrontamos todo con tanta discreción como intrepidez, porque libres de todo miedo.
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