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21/07/2025 Lunes 16 (Mt 12, 38-42)

  • 20 jul 2025
  • 2 Min. de lectura

Una generación malvada y adúltera reclama una señal, y no se le concederá más señal que la señal del profeta Jonás.

Una generación malvada y adúltera. Jesús responde a aquellos fariseos y escribas que le piden una señal para creer. Quieren un milagro deslumbrante. Pero la generación malvada y adúltera no es exclusiva de los escribas y fariseos. También, por ejemplo, Herodes esperaba verle hacer algún milagro (Lc 23, 8). San Pablo hizo suya la denuncia de Jesús: Mientras los judíos piden signos y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, locura para los gentiles (1 Cor 1, 22-23). El lenguaje de la cruz confunde toda sabiduría humana.

Esto de pedir señales es algo que los seres humanos continuamos intentando. Pretendemos que Dios se amolde a nuestras pretensiones. Como el discípulo Tomás. Es cierto que Jesús tuvo a bien acceder a aquella insolente exigencia de Tomás, pero eso sucedió solamente en aquella ocasión. Además, el episodio concluye con estas palabras: Dichosos los que creen sin haber visto.

 

También nosotros, los cristianos piadosos, podríamos pertenecer a la generación malvada y adúltera. Así es cuando corremos en trenes y aviones en busca de manifestaciones divinas extraordinarias. La señal que Jesús ofrece es la del profeta Jonás; es decir, su pasión, muerte y resurrección.

Estamos ante la exigencia más radical de Jesús: la de la fe, la de creer en Él. Sin señales; sin verle ni sentirle. Creer cuando nos falta todo signo de presencia. Cuando todo se oscurece. Como hizo en todo momento la madre de Jesús, ejemplo supremo de persona creyente. La dichosa por haber creído (Lc1, 45).

 
 
 

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