21/08/2026 San Pío X (Mt 22, 34-40)
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Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Un fariseo, doctor de la ley, le ha preguntado maliciosamente: Maestro. ¿cuál es el precepto más importante de la ley? La respuesta de Jesús es impecable, siempre desde la ley de Moisés. Ha juntado dos citas: la del Deuteronomio sobre el amor de Dios (Dt 6, 3), y la del Levítico sobre el amor al prójimo (Lv 19, 18). El fariseo puede darse por satisfecho. No así el discípulo de Jesús. Porque cuando Jesús hable a los suyos, nos dará su ley, distinta y más exigente que la de Moisés: Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado (Jn 13, 34).
También entre los cristianos prevalece a veces una relación con Dios fundada más en el cumplimiento que en el amor. Es una caricatura de lo cristiano. De ahí surgen formas neuróticas de vivir lo cristiano. El amor a Dios que relega a los prójimos a segundo plano es una mentira: Si uno dice que ama a Dios mientras odia a su hermano, miente; pues si no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve (1 Jn 4, 20).
El amor lo es todo. Porque Dios es Amor. Quien de verdad ama a Dios, se sabe amado de Dios, y vive orientado hacia los prójimos. Si falta esto, rezos y devociones carecen de sentido. Como dice un autor actual, ser cristiano no es sentirse bien ni mal, sino sentir a los que viven mal.
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