21/10/2026 Miércoles 29 (Lc 12, 39-48)
Estad también vosotros preparados, porque cuando menos lo penséis, vendrá el Hijo del Hombre.
Continúa la insistencia de Jesús sobre la vigilancia. Ayer lo hacía con las imágenes de la cintura ceñida y de la lámpara encendida; hoy, con la imagen del ladrón: Entendedlo bien: si el amo de casa supiera a qué hora iba a llegar el ladrón, no le dejaría abrir un boquete en su casa.
Entendedlo bien. Es algo de la mayor importancia. Si no lo entendemos bien o vivimos despreocupados, somos fácilmente arrastrados por torbellinos de perdición; somos sorprendidos por esa cuadrilla de bandidos que llevamos dentro: Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar. Resistidle, firmes en la fe (1 P 5, 8).
Seguir a Jesús, ser cristiano, no es tarea de unos momentos puntuales; es tarea permanente. Quien distingue categóricamente entre lo sagrado y lo profano (tiempos, lugares, personas), acaba viviendo una vida cristiana artificial. Para el creyente, todo es sagrado; porque Jesús da sentido a todo. Claro que son muchas las cosas que intentan sacarnos de la sacralidad.
Pero si aquel criado, pensando que su amo tarda en llegar, se pone a pegar a los siervos y siervas, a comer y beber y emborracharse, llegará el amo de aquel criado el día y la hora que menos espera y lo hará trizas.
La paciencia, dice santa Teresa, todo lo alcanza. Paciencia conmigo mismo y con los demás. Sin afligirme ante mis miserias, y sin irritarme ante las miserias ajenas. La paciencia me conduce, como a Pablo, a gloriarme en mis debilidades (2 Cor 12, 9), y a soportar las flaquezas de lo débiles (Rm 15, 1). Con vuestra constancia ganaréis vuestras vidas (Lc 21, 19).
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