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21/11/2021 Cristo Rey (Jn 18, 33b-37)

  • 20 nov 2021
  • 2 Min. de lectura

Mi Reino no es de este mundo.

Pilato no lo entiende. Menos aun cuando Jesús le confirma que sí, que Él es Rey. Contemplando esta escena y escuchando el diálogo entre Jesús y Pilato, nos preguntamos si nosotros, seguidores de Jesús, lo entendemos. Seguramente veremos que no del todo. Solemos asociar la realeza con coronas y tronos y palacios. Y de todo eso, Jesús, desde su nacimiento en Belén hasta su muerte en la cruz, nada de nada. ¿Quizá sería mejor, como hace el Evangelista Juan, cambiar el título de Rey por el de Señor? Quizá. Él, el Señor; Él, el Señor de nuestras vidas; Él, el Señor del universo. Porque Él es el verdadero Big-Bang del universo, y todo tiene en Él su consistencia. Y todo fue creado por Él y todo fue creado para Él. A San Pablo se le llenan el corazón y la boca con esta palabra: ¡TODO!

No nos extrañemos si tampoco nosotros lo entendemos; el misterio de Jesús supera nuestras capacidades. No nos extrañemos si, como entonces, somos los más piadosos los que peor le entendemos. Hemos heredado un cristianismo de cristiandad y nos hemos acostumbrado a dominar escuelas y calles; ahora que nos vemos arrinconados, no nos resignamos. No acabamos de asimilar lo de mi Reino no es de este mundo. Mucho menos lo de dichosos vosotros cuando os persigan. No asimilamos el hecho de que el rechazo social sea nuestro destino como lo fue para Él.

No nos deprimamos ante la pobre situación que vivimos. Ni culpemos a nadie. Es cosa suya, del Rey, del Señor. El Rey y Señor que quiso y quiere que así sea. Su gloria, o sea, el resplandor del Dios-Amor, se pone de manifiesto de la manera más espectacular en la cruz. Precisamente donde parece darse el fracaso más absoluto, se da el mayor triunfo.

Jesús supuso una tremenda decepción para sus discípulos. Les costó mucho entenderlo. Lo consiguió el Espíritu el día de Pentecostés. No nos extrañe que nos cueste también a nosotros. Dejemos de soñar con ideales de grandeza, a nivel personal o social. Aceptemos con gusto, como San Pablo, nuestras debilidades y fragilidades; son elementos esenciales del Reino del Señor de nuestras vidas.

 
 
 

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