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22/01/2023 Domingo 3º (Mt 4, 12-23)

  • 21 ene 2023
  • 2 Min. de lectura

Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz. A los que vivían en sombras de muerte les amaneció la luz.

Son palabras del profeta Isaías. Las escuchábamos en la misa de Nochebuena. El nacimiento de Jesús fue esa gran luz. Todavía resuenan los ecos de las palabras de Simeón: Luz para iluminar a las gentes (Lc 2, 32); y las del ángel de Belén: Os anuncio una gran alegría que lo será para todo el pueblo (Lc 2, 10). Las palabras de Isaías adquieren nuevo significado ahora, cuando Jesús comienza su vida pública. Para que esa luz brille en lo interior es necesario escuchar y abrazar la invitación de Jesús: Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos. Un Reino de los Cielos que no es una entelequia abstracta; un Reino de los Cielos que es Él, el mismo Jesús.

El Bautista acaba de ser encarcelado y Jesús toma el relevo predicando la conversión. Pero no se establece en el Jordán, como Juan. Tampoco en su patria chica de Nazaret. Se establece en Cafarnáun, un pueblo de pescadores a orillas del lago de Galilea. Además, lo que Jesús entiende por conversión se parece poco a lo que entendía el Bautista. Para que la Vida que es la Luz de los hombres (Jn 1, 4) resplandezca en el corazón humano y desaparezcan sus tinieblas, es necesario convertirse creyendo en quien encarna el Reino de los Cielos.

Veníos conmigo y os haré pescadores de hombres.

Los primeros en escuchar estas palabras de labios de Jesús fueron Simón y Andrés. Luego, Santiago y Juan. Después, a lo largo de los siglos, han sido muy muchos. Exactamente todos los que hemos recibido el regalo de la fe. Si lo que decimos creer lo creemos realmente, irradiaremos luz y atraeremos a los hombres.

 
 
 

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