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22/02/2026 Domingo 1º de Cuaresma (Mt 4, 1-11)

  • 21 feb
  • 2 Min. de lectura

Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo.

Durante el bautismo en el Jordán, Jesús ha tenido la experiencia de la voz del cielo que ha dicho: Este es mi Hijo Amado, en quien me complazco. Ahora Jesús, con esa conciencia de filiación divina, se retira al desierto para organizar su vida. Se le presentan distintos caminos; desde el más divino y arduo del sufrimiento y de la cruz, hasta el más humano y tentador del honor y el poder.

El tentador adopta siempre la misma estrategia; la de cosquillear su ego: Si eres Hijo de Dios demuéstralo, deslúmbranos con prodigios para que todos te adoren. La tentación es como aquella fruta del árbol del paraíso que era apetitosa, atrayente y deseable porque daba inteligencia (Gen 3, 6). A Jesús no se le ofrece una cruda elección entre Dios y el poder, no; se le ofrece el poder como instrumento para la mayor gloria de Dios. Es la tentación universal y siempre actual, tanto de la Iglesia-institución como de todos y cada uno de nosotros.

El Evangelista Lucas concluye así el relato de las tentaciones: Concluida la prueba, el diablo se alejó de Él hasta otra ocasión. Las otras ocasiones fueron muchas. La más dramática cuando, colgado en la cruz, oye que le dicen: Baja ahora de la cruz para que lo veamos y creamos (Mc 15, 32). Las tentaciones de Jesús son también las nuestras porque a todos nos tienta resplandecer y tener poder para dominar y controlar. Las insinuaciones del tentador nunca acaban, y pueden conseguir su objetivo si no andamos despiertos, si no caminamos siempre iluminados por la Palabra de Dios, la luz de nuestros pasos.

¿Cuál es la estrategia de Jesús para superar la tentación? El recurso a la Palabra de Dios: Está escrito. El Papa Francisco dice que Jesús nunca dialoga con el diablo, sino que rechaza sus insinuaciones con las Palabras de las Escrituras. Al diablo se le vence oponiendo con fe la Palabra de Dios.

 
 
 

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