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22/04/2025 Martes de la Octava de Pascua (Jn 20, 11-18)

  • 21 abr 2025
  • 2 Min. de lectura

Estaba María junto al sepulcro, fuera, llorando.

Cuando creemos haber perdido a Jesús, Él se nos acerca. Es entonces cuando aprendemos a reconocerle de manera distinta: no con las antenas del sentimiento, sino con las de la fe.

Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?

Al comienzo del Evangelio Jesús preguntaba: ¿Qué buscáis? (1, 38). Ahora, al final del Evangelio, la pregunta es: ¿A quién buscas? El poco iniciado en el Evangelio, como aquellos discípulos del Bautista, busca qués, algos: perfección, santidad… El ya iniciado, como Magdalena, busca al Quién.

 

Jesús le dice: María.

Le quería mucho, pero cuando le tiene enfrente no le reconoce. Le habría reconocido muerto en el sepulcro, pero no le reconoce vivo. Hasta que Jesús se hace reconocer por su voz y la llama por su nombre.

Cuando nos sabemos llamados por nuestro nombre, entonces, solamente entonces, comprendemos su identidad y la nuestra.

 

Suéltame, que todavía no he subido al Padre. 

 

El tenerlo bien abrazado y para siempre, será para más adelante: para cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo (Jn 14, 3). Contemplamos a María Magdalena que se pone en camino para cumplir la misión que su Señor le ha encomendado. Ha dejado atrás el abrazo sensible del sentimiento, pero seguirá abrazada a Él con el abrazo vigoroso de la fe.

 

El Papa Francisco, comentando esta aparición del Resucitado a Magdalena, dice: Cada hombre y cada mujer es una historia de amor que Dios escribe en esta tierra. Cada uno de nosotros es una historia de amor de Dios. A cada uno de nosotros Dios nos llama por el propio nombre: nos conoce por el nombre, nos mira, nos espera, nos perdona, tiene paciencia con nosotros.

 
 
 

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