23/08/2026 Domingo 21 (Mt 16, 13-20)
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Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Se lo preguntó entonces a los discípulos y nos lo pregunta ahora a todos nosotros. No es una pregunta hecha a la ligera; la respuesta que demos dirá mucho sobre nuestra relación con Jesús. ¿Quizá es una relación inexistente como la de aquellos que opinaban que era un profeta? En ese caso el ser cristiano se reduciría al cumplimiento de unos mandamientos y de unas devociones.
Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
No puedo responder con palabras aprendidas de otros. No puedo dar una respuesta aprendida en un catecismo o escuchada en un sermón. Debo dar una respuesta personal que nazca de lo hondo del corazón. No ser capaz de hacerlo significa que Jesús no ocupa el centro de mi vida. No ser capaz de hacerlo significa que soy cristiano porque no sé ser otra cosa. Si pienso que creo en Jesús porque hago mío el Credo, mi fe es infantil. Soy verdadero cristiano, creyente auténtico, solamente cuando hay en mi vida una relación muy personal y muy significativa con Jesús, el Crucificado y Resucitado.
Simón Pedro contestó: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.
Hay expresiones de fe que, por proceder de la memoria, carecen de contenido vital. Otras expresiones, como la de Pedro hoy, brotan del centro del alma, donde mora el Espíritu. Claro que, como sucede a Pedro, pueden ser pronunciadas sin comprender todo su alcance.
Todos, pero muy especialmente los nacidos en países de cristiandad, debemos tener claro que el Señor Jesús nos llama a una relación personal con Él, más allá del cumplimiento de unos mandamientos y de unas prácticas religiosas. Debemos tener claro que el Señor Jesús nos llama a una relación que transforma la existencia de manera absoluta. La transforma inyectando en la vida confianza, asombro, admiración, alegría, gratitud…, y entrega a los prójimos. Debemos tener claro que el Señor Jesús nos llama a una experiencia de salvación tal como puede ser disfrutada en esta vida.
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