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23/10/2021 Sábado 29 (Lc 13, 1-9)

  • 22 oct 2021
  • 2 Min. de lectura

Les dijo esta parábola: Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, fue a buscar fruto en ella y no lo encontró.

Y así año tras año. La esterilidad de la higuera hace evocar la de algunas ilustres mujeres del pasado: Sara, madre de Isaac; Raquel, madre de José; Isabel, madre del Bautista… Una intervención divina las hizo fecundas. Por eso, quienes escuchaban a Jesús esperaban una parábola con final feliz: la higuera rebosante de higos gracias a otra intervención divina. Pero, no. Con Jesús la esterilidad, la espiritual, en lugar de motivo de vergüenza y culpabilidad, es motivo de agradecimiento y alabanza.

Así lo dice Pablo: Con sumo gusto seguiré gloriándome de mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo (2 Cor 12, 9). Así lo vive Teresa de Lisieux: Basta reconocer la propia nada y abandonarse como un niño en los brazos de Dios.

No importa que seamos exitosos o fracasados ante nosotros mismos o ante los demás. Lo que importa es que, ante el convencimiento de que sin Él no podemos hacer nada, sintamos al Señor cercano. Todo lo que somos y tenemos es suyo. Vivir imbuidos de esta convicción, hace que nuestra fe convierta la vida cotidiana en un milagro tan espectacular como sencillo. La higuera estéril que somos todos no vivirá ya condicionada o amargada por la ausencia de frutos; vivirá encantada porque sabe que el hortelano está junto a ella. Claro que tendrá que prodigar en torno nuestro el sucio y maloliente estiércol.

La unión divina no es el logro de cierta perfección personal, sino el cambio radical de actitud que nos permite enfrentarnos a nuestra debilidad aceptando humildemente nuestras vidas tal como son.

 
 
 

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