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23/12/2025 Martes 4º de Adviento (Lc 1, 57-66)

  • 22 dic 2025
  • 2 Min. de lectura

A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo.

El nacimiento de Juan Bautista anuncia los nuevos tiempos de la nueva humanidad. Juan viene a este mundo cuando sus padres han perdido toda esperanza ya que son de edad avanzada. Juan viene a este mundo por una razón tan sencilla como contundente: porque así lo quiere Dios y para Él nada hay imposible, por inverosímil o absurdo que parezca.

Preguntaron por señas al padre qué nombre quería darle. Pidió una tablilla y escribió: Su nombre es Juan. Todos se asombraron.

Zacarías que, por no haber creído, había quedado mudo el día en que el ángel le anunció el nacimiento de un hijo, rompe su silencio cuando proclama el nombre de ese hijo: Juan es su nombre. Las mujeres, Isabel y María, que sí habían creído, sí habían hablado. Es que, quien cree tiene mucho que decir, pero quien no cree tiene poco que decir.

Zacarías, para entrar en la nueva y gozosa etapa de su fe, debe romper con tradiciones y costumbres: nacer de nuevo, cortando cordones umbilicales que le sujetan al pasado. Zacarías e Isabel, fieles cumplidores de la ley, se convierten ante sus paisanos en sorprendentes innovadores.

 

Toda la vecindad quedó sobrecogida; lo sucedido se contó por toda la serranía de Judea.

 

La gente sencilla vive la fe con naturalidad, sin aspavientos. Saben asombrarse, saben ser agradecidos. Ante estos hombres y mujeres que se maravillan ante lo sucedido en torno al niño Juan, nos preguntamos si nuestra fe está despierta o amodorrada; si dinámica o amorfa.

Despunta la aurora de los nuevos tiempos. El Dios de la misericordia y de la gratuidad irrumpe en el mundo, alejando al Dios de la severidad y del rigor.

 
 
 

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