He pedido a tus discípulos que lo echen, y no han sido capaces.
Acaban de colaborar con Jesús en el milagro de la multiplicación de los panes. Ahora intentan socorrer a un hombre que les pide curen a su hijo, pero no lo consiguen; y quedan mal ante la gente. Luego, cuando a solas con Jesús, se lo echan en cara: ¿Por qué no pudimos echarlo nosotros? ¿Quizá había en ellos afán de popularidad? ¿Quizá actuaban con miedo a fracasar? Todavía no saben que la verdadera fe se mueve por encima de éxitos o fracasos. Todavía no saben que la verdadera fe lo puede todo; que todo es posible para quien cree.
No nos resulta difícil identificarnos con estos defraudados discípulos. Ellos y nosotros necesitamos acercarnos a Jesús con la súplica del padre del muchacho poseído del mal espíritu: Creo, pero ayuda mi falta de fe.
Tenemos fe y tenemos confianza, pero deficientes. Quisiéramos tener una fe más firme, pero no nos da para más. A Jesús le encantaría una fe tan robusta como, por ejemplo, la del centurión romano o la de la mujer cananea. Hoy se contenta con la fe pobre de aquel hombre porque no es discípulo suyo. Pero vemos a Jesús crispado ante la fe pobre de los discípulos. Más de una vez se lo echará en cara: ¿Qué andáis comentando, hombres de poca fe? (Mt 16, 8).
Esta especie solo sale a fuerza de oración. Oración y fe se alimentan la una a la otra. La oración es fuente de fe y la fe es el alma de la oración. La oración nos va introduciendo en la órbita de la gratuidad en la que se mueve todo lo relacionado con Jesús.
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