24/04/2020 Viernes 2º de Pascua (Jn 6, 1-15)
- 23 abr 2020
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Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos.
Tanto Jesús como el Evangelista revisten de solemnidad esta introducción. Como hicieron en la introducción al Sermón de la Montaña (Mt 5, 1). Lo que sigue es de la mayor importancia. Son tres partes: primero, la multiplicación de los panes en la orilla impía del lago; segundo, la travesía a la orilla fiel; tercero, el discurso del pan de vida.
Subió al monte. Es en la montaña donde Dios prepara su gran banquete para todos los pueblos: El Señor ofrece a todos los pueblos en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera (Is 25, 6).
¿Dónde nos procuraremos panes para que coman éstos?
Al bueno de Felipe no se le ocurre otra cosa que pensar en dinero: Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco. El bueno de Felipe, como tanto buen cristiano, no ha llegado todavía a una buena sintonía con Jesús. Felipe ve su impotencia, pero no pasa de ahí. La cercanía y sintonía con Jesús debería llevarle, debería llevarnos, a no quedar paralizados. Siempre podemos hacer algo. La intensidad de la presencia del Espíritu de Jesús en nosotros se manifiesta en el grado de sensibilidad ante las necesidades del prójimo.
Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió…
Los gestos de Jesús nos remiten a la Última Cena. Quienes nos declaramos seguidores de Jesús y participamos del Pan de Vida de la Eucaristía, nos comprometemos a multiplicar panes según nuestras posibilidades. Lo que Él quiere es que pongamos en sus manos lo mucho o poco de que disponemos.
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