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24/07/2022 Domingo 17 (Lc 11, 1-13)

  • 23 jul 2022
  • 2 Min. de lectura

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.

Saben rezar pero no saben orar. Mientras Jesús ora en lugares apartados, ellos le contemplan y se admiran. No movía los labios. Así es cómo se fue despertando en ellos el deseo de aprender a orar como Él. Hasta que un día le piden que les enseñe. Les dice que oren así: Padre, santificado sea tu nombre.

La oración del cristiano debe estar presidida por la palabra PADRE. Sentirnos hijos, orar con actitud de absoluta confianza, es la clave de la oración cristiana; de toda la vida cristiana. Santa Teresita escribe: No puedo temer a Dios, porque me da todo lo que deseo; o más bien, me hace desear lo que Él quiere darme. Y el Papa Francisco: La oración es el primer y principal instrumento de trabajo que tenemos en nuestras manos. Insistir a Dios no sirve para convencerle, sino para reforzar nuestra fe y nuestra paciencia, es decir, nuestra capacidad de luchar junto a Dios por cosas realmente importantes y necesarias.

Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden!

Esta pequeña parábola es uno de los mejores retratos de la Buena Noticia, del Evangelio de Jesús. La confianza filial, y nada más que la confianza filial, es la manifestación más gozosa y gloriosa de la fe en el Evangelio. ¡Cuánto más vuestro Padre del cielo! El Padre que tanto amó al mundo que nos dio a su Hijo. Y este Hijo que, a su vez, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo. Así es cómo la fe ahuyenta todo miedo y nos instala en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. No cabe temor en el amor; antes bien, el amor pleno expulsa el temor. Quien teme no ha alcanzado la plenitud en el amor (1 Jn 4, 17-19).

 
 
 

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