25/03/2026 Anunciación del Señor (Lc 1, 26-38)
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He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Y el ángel, dejándola, se fue.
Y en ese momento, como dice el Evangelista Juan, la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros (Jn 1, 14).
También san Pablo tiene algo que decir sobre el momento más trascendental de la historia: Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer (Gal 4, 4).
El saludó de Gabriel a María fue éste: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. Los creyentes vemos en este saludo el amanecer del nuevo día de la humanidad. Terminan los días de sombras y tristezas, y comienzan los nuevos tiempos de luz y de alegría. Terminan los días del temor, y comienzan los días de la confianza. Claro que María, en aquel momento, no entiende lo que sucede. Tampoco lo necesita. Lo que necesita es confiar, fiarse de Dios sin reservas. Esa confianza es el favor más grande que María recibe; es la fuerza de Dios en la propia debilidad.
Una lectura superficial del relato de la creación nos dice que la idea de salvar a la humanidad con la Encarnación surgió después del pecado de Adán. Una lectura orante nos dice que el amor de Dios lo planificó todo desde el principio. Porque, como canta Juan de la Cruz, En los amores perfectos – esta ley se requería; - que se haga semejante – el amante a quien quería; - que la mayor semejanza – más deleite contenía. – Y quedó el Verbo encarnado – en el vientre de María. – Y el que tenía sólo Padre, - ya también Madre tenía. – Por lo cual Hijo de Dios – y del hombre se decía.
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