26/05/2020 San Felipe Neri (Jn 17, 1-11a)
- 25 may 2020
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Así habló Jesús, y alzando los ojos al cielo, dijo: Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti.
Es el comienzo del final de la despedida de Jesús. Ha llegado la hora; la hora de la que había hablado a su madre en Caná (Jn 2, 4). Esta larga oración de Jesús es el preludio del relato de la pasión-glorificación de Jesús. Sí, así; las dos palabras, pasión y glorificación, juntas. En ninguna otra página de los Evangelios vemos tan entrelazadas la humanidad y la divinidad de Jesús. En ninguna otra página de los Evangelios vemos tan unidas muerte y gloria. Lo había proclamado el Evangelista en el prólogo, evocando sus momentos al pie de la cruz: Hemos visto su gloria (Jn 1, 14). Así lo proclamaba san Ireneo de Lyon en el siglo II: La gloria de Dios es que el hombre viva.
Ha llegado la hora: la hora de pasar de este mundo al Padre, sabiendo que había salido del Padre y que al Padre volvía; la hora de amar a los suyos hasta el extremo; la hora de la suprema revelación del Dios-Amor que da la vida en la cruz por todos: Cuando yo sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí (Jn 12, 32). Jesús no busca la gloria como recompensa; busca llevar a su plenitud la revelación del Dios más verdadero.
El Papa Francisco comenta: La gloria de Dios es que los hombres y las mujeres vivan y lo hagan en plenitud. Así nos lo confirma Jesús de Nazaret con su existencia, cuyo sentido no es otro que dar a conocer con hechos y palabras a un Dios que es todo misericordia y gratuidad amorosa.
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