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26/06/2021 Sábado 12 (Mt 8, 5-17)

  • 25 jun 2021
  • 2 Min. de lectura

Al entrar en Cafarnaún, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos.

Como la oración del leproso de ayer, también la de este centurión romano es una oración pobre en palabras y rica en fe. No se atreve a pedir; deja en manos del Señor la decisión sobre lo que conviene hacer. Sorprende encontrar semejante fe en un pagano: Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Es una advertencia para todo discípulo. La pertenencia de ayer al pueblo escogido, o de hoy a la Iglesia Católica, no garantiza nada. No adquirimos derechos por razones de geografía o de historia o de religión. ¿Con quién de nuestro entorno podríamos identificar hoy al centurión romano?

Acompañamos al centurión de vuelta a su casa. Quizá entramos en diálogo con él, o quizá caminamos en silencio; siempre tratando de captar lo que está viviendo interiormente. Lo mismo que el niño vive con toda naturalidad el cariño que le rodea, este hombre vive el milagro con toda naturalidad; le parece la cosa más normal.

Al llegar a casa de Pedro, vio a la suegra de éste en cama, con fiebre. Le tocó la mano y la fiebre la dejó; y se levantó y se puso a servirle.

Son muchas las fiebres o enfermedades que nos mantienen acurrucados en nuestro lecho dentro de nuestra oscura habitación. Las menos graves son las físicas. Los procesos febriles graves no son los que afectan al cuerpo, sino al espíritu; al ego. Cuando el Señor me libera del ego, cuando ya no ando ocupado conmigo mismo, entonces gozo de libertad para atender, para escuchar, para servir.

 
 
 

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