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26/11/2022 Sábado 34 (Lc 21, 34-36)

  • 25 nov 2022
  • 2 Min. de lectura

Poned atención, que no se os embote la mente con el vicio, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, de modo que aquel día os sorprenda de repente.

Es el final del último discurso de Jesús a sus discípulos. Ha hablado sobre el fin de Jerusalén y del mundo entero. Y, aunque de forma breve, ha insistido con fuerza en la necesidad de la vigilancia y de la oración. Sabe que son muchos los estupefacientes que pueden embotar la vida espiritual del discípulo. Ha mencionado el vicio, el alcohol, las preocupaciones de la vida. Podría haber mencionado otros, quizá más frecuentemente presentes en las vidas de muchos cristianos piadosos y cumplidores, como la rutina o la complacencia.

Estamos bajo los efectos de esos estupefacientes cuando hemos dejado de desear vehementemente que las cosas mejoren; o cuando nos hemos convertido en un obstáculo para quienes buscan cambiar las cosas; o cuando se nos ha endurecido el corazón y nos hemos instalado en el escepticismo y la indiferencia. Es que con el paso de los años es fácil dejarnos seducir por el cómodo pequeño mundo que nos hemos forjado. Bien dice un autor que solamente aquellos que se han insensibilizado pueden sentirse a gusto en un mundo como este. Por eso…

Velad en todo momento.

¿Cómo conseguir mantenernos siempre despiertos? No hay mejor estimulante del dinamismo espiritual que la Palabra de Dios. En el libro de Jeremías Dios lo dice así: ¿No es mi palabra fuego o martillo que tritura la piedra? (Jer 23, 29). Y el mismo Jeremías lo confirma: La sentía dentro como fuego ardiente encerrado en los huesos; hacía esfuerzos para contenerla y no podía (Jer 20, 9).

 
 
 

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