27/01/2026 Martes 3º (Mc 3, 31-35)
- Angel Santesteban

- hace 2 horas
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Llegaron su madre y sus hermanos, se detuvieron fuera y lo mandaron llamar.
Poco antes, el Evangelista Marcos nos ha dicho: Sus familiares salieron a calmarlo porque decían que estaba fuera de sí (v. 21). Se detienen fuera; no entran dentro del círculo de quienes están sentados en torno a Jesús. No vienen para quedarse con Él; vienen para llevárselo y que se quede con ellos. Jesús aprovecha la visita de sus parientes para enseñar algo tan importante como que al seguidor de Jesús no le está permitido tener un corazón dividido. La familia de Jesús está por encima de lazos biológicos o étnicos: Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.
Quienes estamos dentro del círculo que rodea y escucha a Jesús, debemos asumir que lo nuestro no es normal para quienes están fuera. Lo tenía claro san Pablo: Nosotros anunciamos un Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los paganos (1 Cor 1, 23).
Los vínculos familiares son cosa sagrada para los humanos. Jesús los asumió, pero también los relativizó; desde su niñez: ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre? (Lc 2, 49). El Evangelio de hoy podría dejarnos mal sabor de boca viendo la poca consideración de Jesús con su madre. Podría, pero no debería. Porque ella no lo vivió así. Basta evocar el momento en que aquella mujer exclama: Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron. Y la respuesta de Jesús: Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan (Lc 11, 27-28). Nadie más dentro, nadie más en el círculo de Jesús que su madre.
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