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27/07/2022 Miércoles 17 (Mt 13, 44-46)

  • 26 jul 2022
  • 2 Min. de lectura

El reinado de Dios se parece a un tesoro escondido en un campo…; se parece a un mercader en busca de perlas finas…

La parábola del tesoro escondido no intenta decir cómo encontrar el tesoro; intenta decir qué siente quien lo ha hallado. El hallazgo ha sido fortuito; cosa que contrasta con la actitud de constante búsqueda del mercader de perlas. En ambos casos, lo que se siente es idéntico: Lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene para hacerse con el tesoro o con la perla.

Con ambas parábolas, dice el Papa Francisco, Jesús se propone involucrarnos en la construcción del reinado de Dios, presentando una característica esencial de la vida cristiana: se adhieren al Reino aquellos que están dispuestos a jugarse todo, que son valientes, abandonando sus seguridades materiales.

Así canta Teresa de Ávila a estos valientes: Dichoso el corazón enamorado, / que en solo Dios ha puesto el pensamiento; / por Él renuncia todo lo criado, / y en Él halla su gloria y su contento. / Aun de sí mismo vive descuidado, / porque en su Dios está todo su intento, / y así alegre pasa y muy gozoso / las ondas de este mar tempestuoso.

Lleno de alegría, vende todas sus posesiones.

Es posible tener una intensa vida interior, y desconocer la alegría. Sucede cuando no se ha descubierto el Evangelio, entonces la vida interior gira en torno a uno mismo. La alegría es la señal de quien ha descubierto el tesoro, el Evangelio. Lo de sabernos incondicionalmente queridos, más allá de toda flaqueza personal, es algo grandioso. Nos lo dice el Señor: Os he dicho estas cosas para que mi alegría este en vosotros y vuestra alegría sea plena (Jn 15, 11).

 
 
 

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