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27/09/2022 San Vicente de Paúl (Lc 9, 51-56)

  • 26 sept 2022
  • 2 Min. de lectura

Cuando se cumplía el tiempo de que se lo llevaran al cielo, emprendió decidido el viaje hacia Jerusalén.

Es un momento decisivo en la vida de Jesús. De ahora en adelante aparecerá con frecuencia el estribillo: camino de Jerusalén. Quienes le seguimos nunca olvidemos que nuestra vida es un caminar hacia Jerusalén, hacia la cruz y la resurrección. Esta es la verdadera perspectiva de la historia, tanto personal como universal.

Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma? Pero, volviéndose, les reprendió.

Son los hermanos Santiago y Juan, hijos del Zebedeo; Jesús les puso el apodo de hijos del Trueno. Se creían los discípulos más fervorosos. Pero Jesús les sorprende con una reprimenda. Son discípulos fervorosos, pero no han aprendido a ser mansos y humildes de corazón. Son discípulos fervorosos, pero no conocen a Jesús ya que no le han visto crucificado y resucitado; por eso no comprenden que, en el seguimiento de Jesús, las intransigencias o los fanatismos estén fuera de lugar. Jesús no tolera que los discípulos hagamos de Dios un dios justiciero que ejecute nuestros planes de venganza.

Los cristianos, a lo largo de la historia, hemos sido, como Santiago y Juan, fervorosos discípulos de Jesús, inventando inquisiciones, cruzadas, hogueras para herejes… Hoy inventamos partidos políticos que pretenden conjugar el Evangelio con la intransigencia o la patriotería.

Pero traslademos todo esto al plano puramente personal. Si la fiebre es el chivato que me dice que algo no va bien en el cuerpo, la violencia interior es el chivato que me dice que algo no va bien en el espíritu. Por eso, por razonables que sean unas palabras o unas posturas, no obtendrán el beneplácito de Jesús si van acompañadas de violencia interior.

 
 
 

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