28/01/2026 Santo Tomás de Aquino (Mc 4, 1-20)
- Angel Santesteban

- hace 59 minutos
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Salió un sembrador a sembrar.
El sembrador es Él, Jesús. Salió a sembrar; solamente a sembrar. Sembró con prodigalidad, sin importarle que mucha semilla se perdiese. Sembró consciente de que la semilla necesita tiempo para germinar, crecer y producir. Sembró a sabiendas de que las malas hierbas crecerían junto a la semilla. Sembró convencido de que, llegado el momento, la cosecha sería abundante. Los creyentes compartimos esa misma convicción; sabemos, como Pablo, que llegada la plenitud de los tiempos todo tendrá a Cristo por cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra (Ef 1, 10).
Claro que nos encantaría que la semilla creciese más rápido. Y que no creciesen las malas hierbas. Nos cuesta vivir serenos ante la ausencia de resultados inmediatos. Nos cuesta aceptar que el reino de Dios ya está presente; que el reino de Dios es cosa suya y no nuestra. Nos cuesta.
El sembrador siembra la Palabra.
La semilla es la Palabra; es el mismo Jesús, semilla enterrada y resucitada: Si el grano de trigo cae en tierra y no muere, queda infecundo, pero si muere da mucho fruto (Jn 12, 24). La semilla suele ser pequeña pero llena de inexplicable vitalidad. La semilla crece sola, mientras el sembrador duerme. Jesús quiere que todos sus discípulos seamos sembradores de la Palabra; cada uno en su entorno y cada uno a su manera. Hoy, gracias a las redes sociales, tenemos nuevas posibilidades para sembrar, sin tener que preocuparnos de dónde cae la semilla. El Papa Francisco dice que donde parece que no sucede nada, en realidad el Espíritu Santo está trabajando y el reino de Dios ya está creciendo, a través y más allá de nuestros esfuerzos.
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