Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
Jesús presenta el matrimonio, el amor conyugal, como algo definitivo. Un hombre y una mujer que se unen de por vida son buena imagen del amor de Dios por la humanidad; amor capaz de superar cualquier prueba. El Papa Francisco dice que la pareja que ama y genera la vida es la verdadera escultura viviente capaz de manifestar al Dios creador y salvador.
Pero llevamos este tesoro en recipientes de barro (2 Cor 4, 7). Por eso que, si el ideal es innegociable, son muchos los casos en que no lo alcanzan. Entonces toca acercarse a los amores rotos, no con la dureza de la ley, sino con la comprensión de Jesús. No debemos acercarnos a un divorciado empuñando leyes, sino Evangelio.
Los fariseos se habían acercado a Jesús convencidos de la legitimidad de su postura a favor del divorcio porque así constaba en la Escritura. También Jesús está convencido de la legitimidad de su postura; también Él se apoya en la Palabra de Dios: Dios los creó varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y los dos se harán una sola carne. Pues bien, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
Es posible defender cualquier postura con la Palabra de Dios en la mano. Pero para que el recurso a la Palabra de Dios sea válido, el corazón tiene que atender al Espíritu y no a la letra.
Para aceptar el mensaje de Jesús hay que creer en Él. Por eso que las cosas del Reino no pueden ser entendidas por fariseos; o por periodistas: No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido (Mt 19, 11).
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