28/06/2026 Domingo 13 (Mt 10, 37-42)
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El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí.
Muy exigente Jesús. Exige a quienes nos decimos creyentes, seguidores suyos, un vínculo de amor personal más fuerte que el que tenemos con nuestros seres más queridos. Claro que el amor a Jesús no es un amor excluyente; abraza el que tenemos hacia padres, hermanos, cónyuge o hijos. La relación con Jesús enriquece toda otra relación. Jesús no dice que amemos menos a nuestros seres queridos, sino que los amemos desde ese amor a Él. Así purificamos el amor humano para que no sea ni posesivo ni excluyente.
El que no carga con su cruz y me sigue no es digno de mí.
Más adelante Jesús repetirá esto elaborándolo más. Dirá: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame (Mt 16, 24). El secreto del seguimiento de Jesús, el secreto de ser cristiano auténtico, está en ese negarse a sí mismo. Dicho de otra manera, el secreto consiste en descentrarnos, en salir de ese centro que es el propio ego; en que cada vez nos importe menos lo nuestro, sea bueno o sea malo. En que cada vez vivamos más centrados en nuestros prójimos y, a través de ellos, en el Señor de nuestras vidas. Así es como el que pierde su vida, la encuentra.
El que encuentre su vida la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
Cuando nos descentramos, cuando nos damos a los demás, como lo hacen un papá o una mamá con su bebé, entonces encontramos la plenitud de la vida. Jesús es pionero en esto; lo vivió hasta las últimas consecuencias, porque nos amó hasta el extremo.
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