28/10/2026 Santos Simón y Judas (Lc 6, 12-19)
Por aquel tiempo subió a una montaña a orar y se pasó la noche orando a Dios.
La primera ocupación del día para Jesús era la de retirarse a un lugar solitario para orar, para estar a solas con Abbá. Antes de una decisión tan importante como la elección de los Doce, Jesús se pasa toda la noche en oración.
Cuando se hizo de día, llamó a los discípulos, eligió entre ellos a doce y los llamó apóstoles.
Recorriendo el grupo de aquellos elegidos uno evoca las palabras de Pablo: Mirad, hermanos, quiénes habéis sido llamados. No hay muchos sabios según la carne. Ha escogido Dios a los débiles del mundo para confundir a los fuertes (1 Cor 1, 26-27). Como dice el Evangelista Marcos, llamó a los que Él quiso (Mc 3, 13). A juzgar por lo que sabemos de ellos, no fueron elegidos por estar especialmente capacitados para la tarea. La capacitación es cosa del Espíritu. Así con María de Nazaret: Ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava (Lc 1, 48). Así con Pablo de Tarso: Cuando Dios me apartó desde el vientre materno y me llamó por puro favor, tuvo a bien revelarme a su Hijo (Gal 1, 15). Así con nosotros los creyentes: De balde os han salvado por la fe, no por mérito vuestro, sino por don de Dios (Ef 2, 8).
Bajó con ellos y se detuvo en un paraje llano; había un gran número de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo.
Después de la llamada y del encuentro, hay que bajar con Él al llano, para encontrarnos con los prójimos. No es posible comunicar la experiencia de Dios sin haber estado con Él en la montaña.
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