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29/01/2021 Viernes tercero (Mc 4, 26-34)

  • 28 ene 2021
  • 2 Min. de lectura

El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo.

El Reino de Dios. Para pertenecer plenamente al Reino de Dios no es necesario esperar a morirnos. Pertenecemos al Reino de Dios desde ya, cuando somos pobre de corazón, cuando confiamos poco en nosotros mismos, en nuestras cualidades, en nuestra fuerza de voluntad… Solamente entonces, confiando únicamente en la misericordia gratuita de Dios, disfrutamos de los grandes bienes del Reino: la gloriosa libertad de los hijos de Dios, la espléndida paz a prueba de toda prueba…

El Reino de Dios. En la parábola del sembrador Jesús nos habla de la importancia del trabajo del sembrador y también de la importancia del terreno que recibe la semilla. Hoy Jesús nos habla únicamente de la importancia de la semilla. De hecho, parece decirnos que es lo fundamental. Sea cual sea la habilidad del sembrador o la calidad del terreno, la semilla producirá cosecha. La fuerza de la semilla es arrolladora, y sería ridículo que el sembrador se levantase preocupado a medianoche para ver si la semilla crece o no. Debe dormir y vivir tranquilo. Las cosas del Reino de Dios son cosas de Dios, no de hombres. Por eso que la fe nos proporciona una calidad de vida desconocida para quien no cree.

El Reino de Dios. La parábola de la semilla que crece sin que sepamos cómo, nos invita, como todo el Evangelio, a vivir los acontecimientos de la vida, pequeños y grandes, personales y sociales, con los ojos y con el corazón de Dios; a vivir la vida en actitud constante de confianza, de alabanza, de agradecimiento.

 
 
 

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