30/04/2020 Jueves 3º de Pascua (Jn 6, 44-51)
- 29 abr 2020
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Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado.
Nadie puede venir a mí, es lo mismo que nadie puede creer en mí. Los creyentes somos agraciados con el don de la fe no por nada nuestro, sino porque así lo ha querido Dios: Habéis sido salvado por la gracia, mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios (Ef 2, 8).
Así de claro lo ve Pablo en sí mismo: Cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo… (Gal 1, 15). Por eso que todo creyente, como la Madre de los creyentes, debe hacer de su vida un Magnificat permanente, alabando y dando gracias por lo mucho recibido. Tratando también de transmitir a otros esa fuerza, esa luz y esa alegría del Evangelio; pero con finura, sin meternos donde no nos llaman. Aquel día que Pedro caminaba junto a Jesús y Juan les seguía a distancia, Pedro tuvo la mala idea de preguntar: Señor, y éste, ¿qué? Respuesta: ¿Qué te importa? Tú, sígueme (Jn 21, 21).
Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre.
La aspiración primera del creyente no es la de ser bueno y piadoso; hay mucha gente buena que así lo piensa. La aspiración primera del creyente es el conocimiento de Jesucristo; conocimiento en su dimensión más completa. Comenta el Papa Francisco: ¿Cómo nutrimos nuestra fe y nuestro seguimiento? ¿En qué medida van haciendo de nosotros personas cuyas vidas se van entregando con sencillez y alegría para la vida del mundo? ¿A través de qué gestos cotidianos?
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