30/04/2026 Jueves 4º de Pascua (Jn 13, 16-20)
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Os aseguro que el esclavo no es más que su señor, ni el enviado más que el que lo envía.
Jesús se está despidiendo. Sentado a la mesa de la última cena, habla a los discípulos después de haberles lavado los pies. El lavatorio de los pies es una lección de humildad; pero es, sobre todo, una elocuente revelación de Dios. Un Dios que, como escribe un fraile capuchino, adopta una postura difícil, inaudita: a los pies del hombre. Una postura incómoda porque nos interpela, porque es la postura que hemos de adoptar nosotros en la vida.
A Pedro, que se revela al ver a Jesús a sus pies, dice Jesús: Si no te lavo no tendrás parte conmigo. Pedro acepta, aunque no entiende. De eso se trata: de aceptar a un Dios arrodillado a mis pies. Entonces la vida deja de girar en la órbita humana, para girar en la órbita divina de la gratuidad y de la plenitud.
Aquellos discípulos no entendían. Comprensible. Carecían de la experiencia pascual. Pero, ¿cuánto lo hemos entendido y asimilado nosotros, hoy, con nuestra fe en el Crucificado-Resucitado?
Sabiendo esto seréis dichosos si lo ponéis en práctica.
Los otros Evangelios hablan de comulgar con Jesús en la Eucaristía. El de Juan habla de comulgar con Jesús en la Fraternidad. Las dos comuniones deben ser inseparables; o no habrá comunión. De todos modos, Jesús aplica la dicha a quienes han captado el gesto de Jesús en su dimensión más profunda: Llega a tanto la ternura y verdad de amor con que el inmenso Padre regala y engrandece a esta humilde y amorosa alma, que se sujeta a ella verdaderamente para la engrandecer, como si Él fuese su siervo y ella fuese su señor (Juan de la Cruz).
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