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30/05/2025 Viernes 6º de Pascua (Jn 16, 20-23a)

  • 29 may 2025
  • 2 Min. de lectura

La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre.

 

El tiempo vivido en este mundo es tiempo de gestación; pueden aparecer veces los dolores y angustias del parto. Jesús asumió pasión y muerte como la mujer los dolores del parto. Todo ser humano sabe de dolores de parto. Lo sabe toda la creación: Sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismo gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo (Rm 8, 22-23).

 

También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar.

 

La alegría futura eclipsa el sufrimiento actual. Así lo dice el Señor en Isaías: Seréis alimentados, en brazos seréis llevados, sobre las rodillas seréis acariciados. Como aquel a quien su madre consuela, así os consolaré. Al verlo se os alegrará el corazón, vuestros huesos como césped florecerán (Is 66, 12-14). Esto creemos y esto vivimos. Lo vivimos en fe, pero con una seguridad más convincente que la que nos puede dar la razón. Vivir en fe es vivir en otra galaxia, con condiciones de vida desconocidas para el no creyente.

 

Nada puede destruir la alegría sobrenatural, que se adapta y se transforma, y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo. Es una seguridad interior, una serenidad esperanzada que brinda una satisfacción espiritual incomprensible para los parámetros mundanos (Papa Francisco).

 
 
 

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